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14 - Continuan los puntos notables del término de Córdoba

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PASEO DECIMO CUARTO

Continuan los puntos notables del término de Córdoba

 

SE HA RESPETADO LA ORTOGRAFÍA ORIGINAL

  [entre corchetes subsanación de las erratas corregidas en la edición original de 1877]

  [entre corchetes y tamaño menor de letra, comentarios añadidos en la edición actual de la RMBCO]

 

 

 

 

Apenas salimos de los muros de la ciudad en dirección de nuestra hermosa y pintoresca sierra divisamos un gran edificio que entre todos descuella, aun cuando yace apartado del lugar más cultivado y concurrido; es ese el notable monasterio de San Gerónimo de Valparaíso, nombre que a su fundación gozaba ya el paraje en que se asienta; ese edificio, perteneciente hoy a la señora marquesa viuda de Guadalcázar, ha perdido con el abandono sufrido casi todas sus bellezas, envueltas entre sus venerandas ruinas; entre sus escombros vemos lindísimos azulejos y otros restos árabes utilizados al fabricarlo, por haberlos recogido entre lo mucho que se encontraba en la cercana dehesa de Córdoba la vieja, y que no eran sino otros tantos estimados recuerdos de Medina Azahara, de aquella ciudad formada por uno de los Califas de Córdoba para bella y cómoda estancia de su encantadora favorita.

Entre los antiguos ermitaños de la Albaida hemos citado, como uno de los más notables, al hermano Vasco, portugües, quien había pasado a Italia con el piadoso objeto de perfeccionarse en la vida eremítica, y de donde, con otros compañeros, regresó dispuesto a establecer en España la orden de San Gerónimo, de la que aún no había monasterio alguno: su propósito era éste, mas en tanto podía realizarlo adoptó la vida solitaria entre los ermitaños que ya hemos dicho había en nuestra sierra, desde poco después de la reconquista. Ayudado después por otros dos compañeros que vinieron en su busca, uno de ellos llamado Lorenzo, ya con gran fama de santidad adquirida, bajó a ver al Obispo de Córdoba, consultóle su pensamiento, halló franca y decidida protección y no titubeó más en realizarlo; sin embargo faltábale lo principal, o sea, el sitio para la edificación del monasterio, y sin éste era imposible la fundación anhelada. Su fé, su aspecto de santidad y el aliciente que en cuantos lo trataban llegaba a ejercer, cautivaron la atención del prelado, cada vez más decidido a prestarle su incondicional apoyo: una de las veces que bajó a verlo díjole tener esperanza de conseguir el terreno necesario, invitándole a ir juntos los tres a casa de su parienta y amiga la señora Dª. Inés de Pontevedra, mujer de D. Diego Fernández de Córdoba, Alcaide de los Donceles, llegando en ocasión en que uno de sus nietos estaba en cama sin esperanzas de vida; fuese milagro o casualidad, mientras duró la visita el enfermo notó visible alivio, hasta el punto de recobrar la salud en pocos días, y ésto dió lugar a que la señora demostrase su agradecimiento y piedad, dando a escoger a los nuevos fundadores una de las tres dehesas de su propiedad, dos en la campiña y otra en la sierra, en el sitio denominado Valparaíso, que era la menos productiva, circunstancia que hizo fuese la escogida por el hermano Vasco, por ser la que menos perjuicios causada a su generosa bienhechora. Esta donación tuvo efecto en el año 1394, si bien la fundación no quedó formulada hasta 1408 en que el virtuoso prelado D. Fernando González Deza y Biedma concedió su licencia y aprobación para la construcción del monasterio; contribuyó también en gran parte a su edificación, y además donóle en 1420 doce cahíces de pan terciado cada año, trescientas arrobas de vino, mucho aceite, y las vertientes, o como ahora llamamos, Laderas de San Gerónimo.

Tanto los descendientes de Dª. Inés de Pontevedra como los individuos de la familia a que pertenecía aquel Obispo siguieron protegiendo el expresado monasterio, en prueba de lo cual podemos citar entre otros bienhechores a los siguientes:

D. Pedro de Córdoba Solier, Obispo de esta Ciudad, le dejó su rica librería, y en ésta una Biblia manuscrita en pergamino que estimaba mucho, y además mandó lo enterrasen en la capilla mayor de aquella iglesia. Este prelado moró en varias ocasiones en el monasterio referido.

Dª. Leonor Bocanegra, mujer de D. Juan de Aguayo, le hizo varios legados, y en agradecimiento los monges le aplicaban cincuenta y una misas todos los años.

El chantre D. Fernán Ruiz de Aguayo, de quien en otros paseos nos hemos ocupado, le dejó en 1467 diferentes legados, uno de ellos tres mil ducados anuales, por lo que se le aplicaban trescientas sesenta y cinco misas: los capellanes de dicho señor, D. Juan Sánchez de Torreblanca y Alonso Ruiz Matamoros, le hicieron a la vez otros legados, y el primero la dotación de una vela que constantemente ardía delante del sagrario.

Dª. Catalina de Aguayo le dejó varias casas y censos, por lo que se le aplicaba la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora.

Otros legados le hicieron Dª. María de Aguayo y Dª. Aldonza de Montemayor, por quienes se aplicaban algunas misas.

Dª. Catalina Lajan, mujer de D. Francisco de Aguayo, le donó los cortijos del Viente y el Blanquillo, parte de un molino de aceite, parte en una aceña cerca de Montero, partes en las dehesas de las Cornudas, Varguillas y Bodedillo, y además otros legados; todo consta en su testamento, otorgado en 1577.

D. Juan y Dª. Teresa de Aguayo también hicieron diferentes legados, y se le aplicaban algunas misas.

Como se ve, esta familia se decidió a proteger el monasterio de San Gerónimo de Valparaíso, consiguiendo a la vez que otras muchas siguiesen su piadoso ejemplo, con lo que los monges reunieron un considerable caudal, tanto en fincas como en censos y memorias.

Con las rentas reunidas y otros donativos que jamás faltaron, no solamente se hizo aquel edificio en la primitiva forma, sino que después, con una parte reedificada y otra de nueva planta, en ella la iglesia se terminó de la manera suntuosa que aún muchos han conocido y todavía conserva, a pesar de sus infinitos deterioros. Los terrenos inmediatos, un tiempo suyos, y hoy también de la señora marquesa de Guadalcázar, son en estremo lindos, por la multitud de naranjos y limoneros y las puras y cristalinas aguas que por doquier serpentean.

La fachada principal, decorada con muchos balcones y ventanas simétricamente colocados, presenta una bonita perspectiva; la portada, sin duda más moderna, es de piedra, como todo el edificio, y en el centro tiene un medallon de mármol blanco con un relieve representando a San Gerónimo: en el interior llama la atención el patio principal, claustrado con columnas de orden dórico: sus bóvedas son góticas, y la parte alta la corona una extensa y hermosa azotea; hay en estos claustros cuatro ex-capillas, y al lado de la que llamaban de la Pasión, fué enterrado el Doctor Antonio de Morales, padre de Ambrosio, cronista de Felipe II, quién, en una lápida de mármol blanco le puso la siguiente inscripción, aún existente cuando visitamos aquel edificio: decía así:

D. O. M. S.

Antonius Morales Cordubensis honesto et undequaque probatissimo genere ortus, Medicinae doctor proestantissimus, quem plangunt pauperes, inclamant divitates, et toda pene Baetica ademptum luget hic situs est. Obiit anno salutis MDXXXV.

Hoc tivi, care pater, natus cum carmine saxum
Dat, coeca obscurus ne tegereris humo.
Nil majus potuit pietas perculsa dolore
Quod dedit haec meritis inferiora tuis.

Todo el edificio en general es muy hermoso y digno de haberlo dedicado a algún objeto útil, como el Manicomio que quiso establecer allí el notable médico contemporáneo D. Antonio de Luna, de quien nos ocupamos en nuestro paseo por el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos.

El refectorio y la sala de capítulos eran notables; la iglesia antigua aún existe adozada a la moderna, es esférica, y por ella se entra en el panteon de la comunidad, en que existen algunas bovedillas; la segunda, labrada en 1704, tiene una bonita portada gótica, de mármol blanco; el interior tenía, y aún conserva en parte, un simétrico embaldosado blanco, rojo y azul; de estos dos últimos colores eran también el zócalo que rodeaba todo el templo, y del que se arrancaron algunos tableros para hacer los sepulcros que en la iglesia de San Hipólito guardan los restos de Fernando IV, el Emplazado y su hijo Alfonso XI. En la parte de pavimento que ha desaparecido le tocó igual suerte a la lápida que cubría los restos del Obispo D. Pedro de Córdoba y Solier, de quien ya hablamos al hacer mención del famoso D. Alonso de Aguilar. Era el siguiente:

D. O. M.
Ecce hospes! fueram qui nobilitatis origo
Hoc humil i Petrus nunc premor in tumulo.
Corduba cognomen, patriam, sedemque peramplam
Mi dedit, ac sedes vitaque bulla fuit
Quod nunc es fuimus, quod nunc sumus ipse futurus
Quam cito preatereat nostra figura, vides
Obiit anno domini 1476.

Poco adorno daban a ésta iglesia los retablos de altares, en su mayor parte pintados en el muro; pero lo era y muy notable, por lo que interesaba a nuestra historia, otro que el abandono y la incuria han hecho desaparecer; allí lucían, como recuerdo de nuestras glorias, los trofeos militares que los marqueses de Comares dejaron para colocar sobre su sepulcro, no existentes, y con los despojos y banderas que los Reyes Católicos recogieron en la conquista de Granada y dedicaron a éste monasterio, hospedage de ellos el tiempo que se detuvieron en Córdoba para los aprestos militares, antes de emprender y realizar tan gloriosa empresa. Las habitaciones en que éstos moraron eran las contiguas al coro.

Varias otras curiosidades conservaba ésta comunidad con el aprecio y cuidado necesarios; entre las reliquias debemos citar la espina de la corona de Jesús, con auténtico, que hoy existe en el convento del Cister, como en su lugar dijimos, teniendo concedido rezo propio en dia determinado, cuya bula hemos leído; la pequeña campana del Abad Sanson y el ciervo de bronce, resto de la célebre Medina Azahara, de que hablamos en el Museo Provincial, donde existen; una espada que perteneció a Aliatar, famoso alcaide de Loja; un capacete de hierro con cenefa de metal, en que había unas letras tan borradas que no podían leerse; un cuchillo como de una tercia, con puño de marfil y la hoja dorada; un puñal; un coleto de gamuza forrado de acero y claveteado por fuera con tachuelas; un acicate y una bocina; éstos objetos se decía haber pertenecido al Gran Capitán; un puñal y varias alhajas del Rey Chico de Granada, y por último, la capa de coro que ya dijimos haberse hecho del traje del corsario Barbarroja. Lástima es grande que no se hayan conservado estas antiguedades, que, como el ciervo y la campana, podian lucir en el museo.

Los monges de San Gerónimo bajaban a la ciudad para cuanto se les ofrecía, cabalgando unas magníficas mulas que al efecto tenían, y se hospedaban en la hoy casa número 7 de la calle de San Felipe, que era de su propiedad y tenían destinada a este objeto.

Tanto en la iglesia como en otros puntos de aquel edificio reunieron los Gerónimos algunas buenas pinturas, entre ellas dos o tres de nuestro célebre paisano Pablo de Céspedes, de quien tan poco conservamos.

Aunque en lo general estos monges no se dedicaban al estudio con el afán de los individuos de otras comunidades, no por eso han carecido de hombres notables, tanto en las letras como en las virtudes; entre los de éste monasterio descuella Fr. Pedro de Cabrera, que dejó varias obras inéditas, que con gran estima se guardaban en aquel archivo: en 23 de julio de 1735, siendo prior Fr. Manuel de San Buenaventura, pidió permiso para sacar de aquél las espresadas obras e imprimirlas a su costa, gracia concedida por la comunidad, si bien otorgándose una escritura por la cual se obligaba a restituir los originales al lugar de donde los sacaban.

Han sido también notables Fr. Diego de la Serena, quien en 1733 hizo de nogal las puertas de la nueva iglesia; Fr. Andrés de Alcoba o Bujalance, murió en gran opinión de santo, y a los doce años encontróse incorrupto su cadáver.

En éste monasterio permaneció retirado algunos años antes de irse al Desierto de Belén el hermano Juan de Dios de San Antonino, que ya dijimos renunció sus títulos y caudales por abrazar aquella vida, en que tantos ejemplos dió de piedad y penitencia.

Cerca de San Gerónimo está la dehesa conocida por Córdoba la Vieja, lugar en que estudo [sic] Medina Azahara, de la que nos ocuparemos detenidamente cuando nos dediquemos a escribir de la dominación de los árabes.

Por la relación que guarda en su fundación con los ermitaños, como sucede al monasterio de San Gerónimo, pasamos al ex-convento de San Francisco, conocido generalmente por de la Arrizafa, donde aún existe hoy convertido en fonda, sucursal, digámoslo así, de alguna de las de Córdoba; aquella palabra es una corrupción de Ruzafa, título de los famosos y bellísimos jardines y alcázar fundados hacia este sitio por Abderramán I, de los que tanto se ocupan los escritores árabes y cuantos de éstos han reproducido curiosisimas noticias.

A principios del siglo XV vivía en Córdoba un sujeto llamado D. Fernando de Rueda, muy bien acomodado y enteramente dado a las prácticas piadosas, y casi alejado por completo de sus convecinos; este hombre concibió el pensamiento de abrazar la vida solitaria, yendo primero por temporadas y quedándose después con los ermitaños, que como hemos dicho estaban en cuevas diseminados desde la Arrizafa hasta la Albaida.

Ya unido con ellos, proyectó realizar sus bienes, dedicando su producto a una obra la más aceptable a su entender para los ojos de Dios, decidiendo al fin fundar un convento, observante de la orden de San Francisco, a cuyo efecto logró la competente bula de S. S. Benedicto XIII, en 31 de octubre de 1417, disponiendo el fundador que se estudiase en él, y quedando sólo con Vicaría, la que permaneció hasta 1573, que en el capítulo general que se celebró en Sevilla en 21 de mayo fué ascendida a Guardianía; también en 1523 cambiaron esta casa de observantes en recoletos.

En cuanto el ya pobre ermitaño Fernando de Rueda se encontró desposeído de bienes y con el convento concluido tomó el hábito en él y profesó la regla de San Francisco, donde con gran austeridad pasó el resto de su vida. Algunos autores dicen que los señores de la Albaida dieron el sitio que ocupó el convento, y que de ahí procedía el ser sus patronos los Condes de Hornachuelos.

Muchos son los religisos [sic] de sabiduria y santidad que ha tenido este convento, sobresaliendo entre todos San Diego de Alcalá, que aquí tomó el hábito, y San Francisco Solano, que fué maestro de novicios; de ambos pueden verse las vidas en los diferentes Años Cristianos que hay impresos: también estuvo en este convento y llegó a guardián en él Fr. Antonio de Sayas, natural de Écija, que obtuvo la mitra de Lipara, dejando además en Italia gran fama de ciencia y santidad.

Cuantos autores hablan de este convento dan crédito a un suceso que produjo gran asombro en los cordobeses; decían que en 1523, siendo Vicario Fr. Pedro Navarro, varón de extraordinarias virtudes, estando un dia la comunidad en el coro, todos sus individuos fueron arrebatados en un éxtasis, del que no volvieron hasta las diez de la mañana, a cuya hora dijeron la misa conventual; sin embargo, en la Crónica de la Orden no vemos este caso.

En el sitio donde la tradición decía haber vivido San Diego de Alcalá, y que aquellos religiosos unieron después al convento, echando la cerca más afuera, aún se conservan vestigios de una cueva, que llegamos a conocer completa, revestida de huesos humanos, viéndose multitud de cráneos, muchos de los que en nuestra última visita vimos rociados por el suelo: diferentes versiones se hacen sobre el origen de ésta cueva, todas más o menos inverosímiles; unos aseguran fué hecha por aquel santo; otros que para reunir los huesos esparcidos de resultas de una gran batalla en aquel punto, y otras cosas por el estilo; de todos modos choca el ver tantos restos humanos reunidos en aquel lugar y el destino que les dieron. El autor de los Casos raros asegura haber oído decir que yendo unos cuantos jóvenes de broma una noche, apostaron a que ninguno era osado a ir a la cueda [sic] de los huesos y traerse uno de ellos: varios ofrecian hacerlo, luego se arrepentian, y por último dos aceptaron el reto y se pusieron en marcha; mas a poco regresó uno de ellos arrepentido desde el camino, no ocurriendo lo mismo al otro que no apareció en toda la noche, infundiendo sospecha con su tardanza de haber sufrido algún percance; en esta duda esperaron la luz del día, fuéronle a buscar y lo encontraron muerto con un hueso en la mano y como si volviese con su apuesta ganada: éste acontecimiento se comentó mucho, interpretándolo como un castigo del cielo por haber profanado aquel santo lugar.

Este convento continuó en aumento durante siglos, y en el presente había disminuido la comunidad y sufrió dos exclaustraciones temporales, o sea cuando la infasión [sic] francesa y en la época de 1820 a 1823. En éste tiempo, estando su iglesia sin culto, fueron varios jóvenes liberales un dia de campo por aquellos alrededores, y entrando en la iglesia uno de ellos se subió al pulpito y estuvo figurando predicar un ra- [rato;] esto fué bastante para que al caer la Constitución se le formase una causa que duró algunos años, hasta que, mitigada aquella efervescencia, pudo arreglarse gracias a la amistad particular con alguno de los que intervinieron en el proceso.

La última exclaustración comprendió a éste convento, como a los demás, y después de algunos años de abandono fué vendido por la Hacienda, adquiriéndolo D. Juan Rizzi, quien lo convirtió en fonda, dependiente de la que tenía en la ciudad, y con cuyo destino continúa, aunque varian los arrendatarios así como los propietarios, pués en pocos años hemos conocido tres.

En toda la parte de Sierra Morena cercana a Córdoba hay multitud de haciendas convertidas en su mayor número en preciosos jardines, siendo todas dignas de visitarse, unas por sus bellísimas vistas, otras por la frondosidad de sus árboles y arbustos y por sus ricos y sazonados frutos.

Sin embargo podemos dividirlos en dos clases o grupos: uno sobre las cumbres, a que llaman los lagares, y otras mirando a la población y que en general llaman huertas; éstas producen con especialidad riquísimas naranjas y aquéllos abundante cosecha de avellanas, de que se hace regular comercio. El lagar de Alto paso, es el mas célebre de todos por tener en su terreno una magnifica cantera de mármol blanco, hoy abandonada, pero que en un tiempo se utilizó con gran aprovechamiento y a ella perteneció todo el que vemos en la Catedral y otros templos; también contribuyó a dar nombre a éste prédio el triste suceso de la familia Ferrando, del cual nos ocupamos al visitar la plazuela de San Felipe.

En el lagar de Sanllorente, ocurrió a principios del presente siglo un hecho que por su rareza creemos digno de consignarlo en estos apuntes: estando una noche solos el dueño del lagar y su hijo mayor de veinte años llegaron dos ladrones, que desde luego se entraron pidiendo cuanto se les antojaba, hasta que viendo que nada se les negaba se confiaron y tomando asiento a la lumbre dispusieron que les diesen de cenar; en el acto se puso al fuego una gran sartén llena de aceite, que el hijo tenía por el mango mientras el padre había de ir a la bodega a buscar un bacalao; mas no fiándose los bandidos de dejarlo salir solo de la cocina se marchó uno con él sin abandonar su escopeta: el lagarero, que era pequeño de estatura, soltó la luz y metió los brazos en una tinaja muy grande para sacar el bacalao, retirándose renegando de lo cortos que eran sus brazos; entonces su acompañante soltó la escopeta y le dijo que él lo alcanzaría, y cuando estaba en la operación, fingiendo sujetarle los pies no se cayera, lo arrojó de pronto a lo hondo de la tinaja, dando una voz de aviso a su hijo, que, entendiendo la señal, le tiró al rostro, al que con él estaba, el aceite hirbiendo que contenía la sarte [sic], dejándolo caer de espaldas; hecho esto, ambos salieron corriendo y vinieron a Córdoba a dar parte, yendo en seguida la autoridad competente, que encontró muerte al del aceite y al otro dentro de la tinaja con un brazo roto y una gran herida en la cabeza.

En el término de Córdoba existen otros lugares dignos de mención, tales como la hacienda de Torres-Cabrera, cabeza de título y un tiempo villa, existente hasta mediados del siglo XVIII, según datos vistos por nosotros en el archivo de la Diputación Provincial: también han existido poblaciones en los cortijos conocidos por Teba, Los Cansinos y Villa-Rubia, en la hacienda de Armenta y en otros varios puntos que sería largo enumerar.

Al S. O. de la ciudad y orilla del Guadalquivir existe una hermosa hacienda conocida aún por la Alameda del Obispo, sitio de recreo de los de Córdoba desde muy antiguo, si bien la abandonaron muchas veces, hasta que D. Martín de Barcia la restableció, haciéndole la hermosa casa que aún conserva, plantándole infinidad de diferentes árboles y formando preciosos jardines y un enredadisimo laberinto, donde encontraban motivos de bromas las muchas personas que allí concurrían. En virtud de las leyes desamortizadoras, fué vendida por el Estado a D. José Bonel y Orbe, y luego por éste al señor marqués de Casa Irujo, desde cuya época está en poder de arrendadores que sólo se han cuidado del mayor producto, perdiendo, por consiguiente, sus mejores atractivos.

En la parte de las huertas de la sierra visitada principalmente en primavera por los cordobeses y forasteros, debemos citar como las más notables las de Morales; Segovia, antes de Valero; Celina, antes de Baena; Vega Armijo, antes de los Arcos; el Cerrillo, Santa María, Quitapesares y Olías, siendo la primera y última las de mayor producto, a causa de su extención y arbolado.

Nos queda un lugar muy notable de nuestra sierra que visitar minuciosamente, y éste es el bonito templo de Santo Domingo de Scala Coeli.

Antes de penetrar en la iglesia, antes de contar cosa alguna referente al convento ya destruido que a su lado tenía, estamos en el caso de dar a conocer a su célebre fundador San Alvaro, uno de los hombres más ilustres por su ciencia y sus virtudes que ha visto la primera luz en Córdoba, aunque es madre de tantas y tan justas celebridades.

Nació Alvaro en ésta ciudad como a mediados del siglo XIV, siendo sus padres, aúnque no lo vemos muy justificado, D. Martín López de Córdoba, maestre de Alcantara, y Doña Sanchez Carrillo, a la que algunos autores llaman de Valenzuela: en sus primeros años dió grandes muestras de su amor al estudio, aprovechando notablemente el que hacía bajo la dirección de los más sabios maestros, y observó una conducta ejemplarísima, a pesar de los peligros a que en sus juveniles años se vio espuesto: aún no contaba muchos cuando decidió retirarse a un claustro, eligiendo desde luego el convento de San Pablo de Córdoba, del orden de Santo Domingo, donde hizo tales y tan grandes adelantos que no tardó en captarse las simpatías de toda la comunidad, y bien pronto logró explicar Artes y Teología, y algún tiempo después Sagrada Escritura, con tanto acierto que sacó buenos y aventajados discípulos. El cisma que por aquel tiempo afligia a todos los buenos católicos hacia necesario predicadores que mantuviesen la fe, y entre ellos lanzáronse como denodados campeones San Alvaro de Córdoba y San Vicente Ferrer, cogiendo ambos copiosisimo fruto con sus saludables predicaciones. El que nos ocupa, o sea el primero de estas nos [sic] notabilidades, dijo sus primeros sermones en Córdoba, de donde, después de alcanzar un brillante resultado, pasó a los pueblos más cercanos, alejándose después a varios puntos de Castilla y Extremadura, luego a Portugal y más tarde a Italia, haciendo sus viajes, en cuanto era posible, a pie y sin más equipaje que su báculo, su breviario y la Biblia, armas con que, unidas a su humildad y carácter cariñoso, hizo numerosas conquistas. Del mismo modo pasó más tarde a Palestina, de donde regreso a los tres años sin haber dejado un solo dia de observar sus prácticas religiosas, habiendo predicado en todos los pueblos en que podía ser entendido.

La fama de saber y santidad adquirida por Alvaro le valió a su regreso a España, que la reina Dª. Catalina, viuda de Enrique III, lo llamase a Valladolid, a donde fué después de una orden terminante, y que le eligiese para su confesor, anciosa de tener tan buen consejero en los arduos asuntos que tanto la fatigaban durante la menor edad de su hijo D. Juan II, cometido que cumplió con el celo y acierto que era de esperar de un varón tan docto y tan santo.

Ya mayor el rey, consiguió Fr. Alvaro que pidiese permiso para fundar en España seis nuevos conventos de la orden de Predicadores, y coincidiendo con ésta petición, la celebración del capítulo que la misma tuvo en Florencia en 1421, se concedió en él que en cada provincia se fundase un convento de retiro, en los cuales había de seguirse la más estrecha observancia, ocasión que no dudó en aprovechar nuestro santo cordobés, pidiéndolo al rey con tal empeño, que no pudo resistir a concederle cuanto quiso y aún más, puesto que le entregó una respetable suma para la fundación de su nueva casa, si bien quedó en estremo pesaroso al privarse de un consejero a quien tanto le debía.

Gozoso con el permiso alcanzado, salio Fr. Alvaro para Córdoba y en seguida empezó a buscar un sitio retirado, útil para la observancia más rigurosa; pero no tan lejos que los religiosos no pudiesen bajar a predicar a la población: al efecto, eligió un lugar distante de aquélla como una legua y conocido por la Torre de Verlanga: comprólo por escritura pública fecha 13 de junio de 1423, y al dia siguiente empezó la obra, en la que bien pronto empleó la suma entregada por el Rey y otras que la piedad de los cordobeses le fué suministrando. Aún presente en su imaginación cuanto había visto en su visita a los Santos Lugares, puso los nombres de éstos a los alrededores de su convento, y hasta en su memoria edificó varias ermitas a donde pudieran retirarse a orar los religiosos, ejercitándose a la vez en ellos a celebrar la vía crucis, que desde entonces se estendió por todas estas comarcas. Concluido el convento dióle por título Santo Domingo de Scala Coeli, bien adecuado por cierto, puesto que, arrobado el espíritu en santas contemplaciones, parécenos que en aquel lugar nos acercamos a la celestial morada.

En el cerro frente al santuario, dividido del de éste por un arroyo que San Alvaro llamó de los Cedros, vemos aún una pequeña ermita en forma de cueva con un sólo altar dedicado a una antigua imagen, bajo relieve, que representa a Nuestra Señora de las Angustias y que algunos creen ser obra de aquel virtuoso cordobés: en este lugar era donde hacia oración a distintas horas del dia y noche, y en donde apartado de todo el mundo, mortificaba su cuerpo con espantosos ejércicios. Cuenta también la tradición que subía y bajaba aquellos dos cerros de rodillas, y que una de las veces, siéndole imposible vadear el arroyo por el aumento de sus aguas, fué amparado por un grupo de ángeles que, suspendiéndolo del suelo, lo llevaron hasta su cueva.

Constante en sus mortificaciones, y dando siempre ejemplos de humildad y amor al prójimo, llegó a la edad de setenta años, en que ya no le era posible sufrir el rigor con que a sí propio se trataba; al fin cayó en una lenta y penosa enfermedad, en la que los demás religiosos lo obligaron a ocupar una cama, pues llevaba muchos años de no tenerla, y conociendo al fin que se acercaba el de su existencia, hizo una confesión general con Fr. Juan de Valencia, Prior de su convento, y dando su bendición a todos sus compañeros, escitándolos a ser fieles observantes de sus votos, entregó su espíritu a Dios en el dia 19 de febrero de 1430. Los historiadores de nuestro santo dicen que a su muerte se notaron ciertos prodigios, como muestras de que aquella alma tan pura habíase elevado a la celestial morada, donde le habrian dado el premio de sus grandes e imponderables virtudes. Éstos continuaron después, según diremos más adelante.

La noticia de la muerte del santo cordobés cundió por la ciudad y millares de sus paisanos acudieron a tributarle los últimos honores, ansiosos de contemplarlo y de guardar algunos objetos que le hubiesen pertenecido o fuesen tocados a su cuerpo. Sepultóse éste en una capilla que había a la derecha entrando a la iglesia y donde nuevamente se veneran sus cenizas: creciendo la devoción, en 1490 lo trasladaron al pié del altar mayor, y bien puede asegurarse que en ese tiempo empezó a dársele culto, por más que aún no estuviese ni beatificado. Andando el tiempo y hechas las debidas informaciones, de las que hay un ejemplar impreso en la Biblioteca provincial en que consta el culto dado por los cordobeses a su santo paisano, fueron aprobadas y se le concedió de oficio no sólo aquél sino doble para el Obispado de Córdoba y toda la orden de Predicadores, en el año 1741, siendo pontífice Benedicto XIV. Para muestra de la devoción que desde luego inspiró San Alvaro baste decir que a principios del siglo XVII se formó una cofradía en su loor, que en 1603 contaba unos cuatro mil individuos, si bien disminuyó casi en su totalidad, puesto que en 1655 se restableció, entrando a formar parte de ella casi toda la nobleza de Andalucía: en el dia 3 de mayo, época que creían más apropósito que el 19 de febrero, hacian una gran fiesta a la Santa Cruz, llevando a ésta y la imagen de San Alvaro en una procesión hasta la ermita que ya dijimos había elegido para sus oraciones.

Desde que San Alvaro fundó este convento y empezó a habitarlo en unión de otros siete religiosos, hasta principios del siglo XVI, se observó la más rigurosa vida; mas en 1531, como ya dijimos en nuestra visita al convento de los Mártires, los monges Cistercienses que moraban en éste lo abandonaron por falta de recursos y escaso número de frailes; los que existían en Scala Coeli, deseosos de bajarse a la ciudad, pretestaron la insalubridad del sitio y otros motivos que nadie trató de desmentir y dejaron desierta aquella casa, por todos conceptos digna de más consideraciones.

Cuenta el padre Rivas y otros panegiristas de nuestra [sic] santo paisano que durante el tiempo de estar abandonado su convento, se observaron nuevos y repetidos prodigios, señales evidentes de que la Providencia desaprobaba la conducta de los religiosos, no de todos, pues entre ellos no faltaron algunos que se negaran a seguir a la mayoría y que se pasaron al de San Pablo, desde el cual continuaron sus protestas: entre aquellos prodigios, el más marcado era, que tantas veces como intentaban traerse a los Mártires las reliquias del santo y algunas imágenes, el cielo se encapotaba y grandes truenos, relámpagos y aguaceros impedían la realización del proyecto. Los campesinos inmediatos también aseguraron que la campana tocaba a las horas acostumbradas, y aún algunas veces habían visto en el campanario a un religioso que era el que daba los avisos.

La fama de tantos prodigios, unida a las protestas y peticiones de algunos frailes partidarios de aquél retiro, consiguieron del padre general de la Orden, no sólo la reinstalación de la comunidad, sin obligar por esto a los que quisieran continuar en los Mártires, sino que eligió para llevarla a cabo al célebre escritor Fr. Luis de Granada, cuyas obras conocen todos los amantes de las letras, cabiéndonos la honra de que algunas de aquéllas fuesen escritas en éste lugar, estando señalado también para eterna memoria un sitio en que por las mañanas solía ir a escribir a orilla del arroyo llamado por San Alvaro de los Cedros, y que algunos conocen también desde entonces por el de Fr. Luis de Granada. Este célebre escritor cumplió su cometido con gran tino y celo, reedificando el edificio y formando nueva comunidad; más andando el tiempo, tornó esta a disminuir, porque no todos los frailes querian estar en continuo retiro y otros no podían sobrellevar la austeridad allí observada.

Casi quedó desierto el convento de Scala Coeli; la Providencia parecía interesarse en su conservación, y sin duda hizo que ya en el siglo XVIII viniese de conventual el padre Fr. Lorenzo Ferrari, en el siglo marqués de Cumbre-hermosa, quién volvió a reedificar el convento, particularmente la iglesia, que es la actual, tercera que se ha levantado en aquel mismo sitio; el con sus fondos y otros que le proporcionaban los devotos, sus deudos y sus amigos hi [sic] traer hasta de Italia y Venecia las hermosas imágenes allí existentes y pintar la bóveda y muros, para lo que se valió de algunos religiosos italianos y pintores pedidos por él, y con otros operarios que iba eligiendo entre los mejores que podía conocer.

En el presente siglo sufrió esta comunidad tres exclaustraciones, y en la última vendieron el convento, que fué demolido, y la huerta, hoy de dominio particular; la iglesia quedó abierta al culto con un capellán que la sostenia con las limosnas que nunca han faltado, principalmente al Santo Cristo de San Alvaro, imagen defectuosa y que no puede contar con la antigüedad que la tradición le señala; hoy cuida de ella una asociación muy numerosa que ha hecho grandisimas mejoras, como más adelante diremos.

Este convento no sólo tiene el recuerdo de su fundador y el haber sido honrado con la presencia de Fr. Luis de Granada, sino que en él tomó también el hábito nuestro santo paisano el Bto. Francisco de Posadas, de quien extensamente nos hemos ocupado.

La iglesia es de una sola nave de medianas dimensiones, con la bóveda pintada al fresco y con luces agradables; el altar mayor es de talla sin dorar y de mal gusto, pero con buenas imágenes, las más de ellas pintadas en nuestros tiempos, puesto que antes estaban también del color de la madera; en el sitio principal o sea sobre el manifestador, vemos a Santo Domingo en penitencia, teniendo a su derecha a San Pedro de Verona y a su izquierda a San Jacinto de Polonia, ambos de medio cuerpo; sobre la cúpula del templete que forma el centro de éste retablo se ve a Santo Tomás de Aquino; en la parte inferior están Santa Rosa de Lina [sic] y Santa Catalina de Sena [sic], ambas muy lindas esculturas. Este altar está considerado como estación a San Juan de Letran en Roma.

En los lados de la nave encontramos el altar de la Purísima Concepción, estación a San Pedro; el de Nuestra Señora del Rosario, que lo es a Santa María la Mayor y cuya imágen es de escaso mérito; el de San José lo es a San Pablo, escultura bastante regular; el de Santa Catalina de Alejandría, a San Lorenzo, extramuros; el de la Magdalena, estación a San Fabián y San Sebastián, es una bellísima escultura que con razón es elogiada por cuantos visitan ésta iglesia; se cree es traída de Venecia, y el de la Impresión de las llagas de San Francisco, es estación a la Santa Cruz de Jerusalén, cuya escultura parece de la misma mano que la anterior, pero mucho mejor acabada y entendida. Cerca de la puerta está el altar del Santisimo Cristo de San Alvaro, una de las imágenes más veneradas de Andalucía y a la que la tradición achaca un origen milagroso: cuentan que San Alvaro deseaba tener en su iglesia una imagen de Jesús Crucificado, no consiguiéndolo por carecer de medios, puesto que había apurado cuantos encontró para labrar aquélla y el convento; su corazón caritativo le hizo fijarse un dia en cierto pobre tirado en el camino, desfallecido por el cansancio y el hambre: invitóle a seguirle al convento; mas no pudiendo levantarse, echóselo sobre sus hombros, llegando hasta la portería, donde lo dejó, entrando a dar aviso para que le ayudasen a subirlo a su celda; cuando volvieron el pobre había desaparecido y en su lugar estaba la sagrada imagen que tanto se venera en aquel lugar y que ella misma vino a satisfacer con creces los deseos del humilde y piadoso Alvaro.

Siglos ha permanecido constantemente adorado por infinidad de devotos, en un modesto altar erigido en aquel sitio; pero la fervorosa Hermandad que tanto, como diremos, ha hecho por el histórico santuario, acordó en 22 de octubre de 1865, colocarlo en el mismo lugar, de una manera más digna y decorosa; al efecto hizo una póstula que dió los mejores resultados, tanto en aquel año como en el siguiente, logrando labrarle un bonito camarin con sacristía debajo, retablo, cruz y una magnífica repisa, acabándolo de dorar todo en el año 1873, después de haber luchado y vencido cuantos obstáculos se le presentaron.

Frente al altar del Santisimo Cristo hay una pequeña capilla muy antigua, puesto que fué donde al morir San Alvaro dieron sepultura a su venerando cadáver. Hay en ella dos altares, el uno ostenta un busto del santo, que tradicionalmente se tiene por retrato, y por bajo las reliquias del mismo: al otro estremo hay un bonito Ecce-Homo que la Hermandad ha conseguido le devuelvan, puesto que cuando la ex-claustración lo recogió la Comisión de Monumentos de la provincia, la que se llevó también un precioso Crucifijo de marfil, que creemos está en la Catedral.

Esta iglesia tiene dos coros, uno alto sobre el cancel, en el que sólo hay un pequeño órgano puesto en éstos últimos tiempos, y otro detrás del altar mayor, en el que se encuentra una bonita sillería de nogal, bien trabajada, y sus paredes y cúpula están pintadas al fresco, viéndose en ellas varios grupos de ángeles tocando diferentes instrumentos, las penitentes santas María Magdalena, Rosalía, Genoveva y María Egipciaca, Santo Domingo con la Virgen dándole el sagrado néctar, San Alvaro en un milagro en que se le tornaron en rosas los pedazos de pan que daba a los pobres. El bto. Posadas dando rosarios a los niños y el padre Fr. Luis de Granada escribiendo una de sus obras; también se ve la ermita de la Magdalena con unos frailes entrando en ella: el manifestador del altar mayor da también a éste sitio, y a los lados tiene dos esculturas que representan a San Miguel y San Rafael; el centro del coro lo ocupa un facistol tallado y sobre él el ángel de la fé teniendo a sus plantas la serpiente de siete cabezas; en los dos postigos que dan entrada a esta pieza vemos la Encarnación y a San Miguel castigando a los ángeles rebeldes.

Cerca de la capilla de San Alvaro está una campanita que dicen tocaba sola cuando iba a morir algún religioso de la orden y que lo hizo momentos antes de morir san Alvaro; el vulgo mira con gran respeto ésta campana, asegurando que morirá también el que tenga el atrevimiento de tocarla: en éste lugar se conservan las disciplinas y unos cilicios de este santo, y una cruz de hierro con puntas del Bto. Francisco de Posadas.

En las paredes, arcos y bóvedas de la iglesia están pintados varios pasajes de la vida de Santo Domingo y San Alvaro, algunos santos de la orden y muchos cardenales y obispos de la misma, formando todo un agradable conjunto, si bien las pinturas no son buenas, ni en los retablos y demás adornos de la iglesia reina el mejor gusto, sin duda por la época de decadencia de las artes, que se hizo sentir en el siglo XVIII.

Ya hemos dicho que este precioso templo estaba casi abandonado, toda vez que el capellan tenía que atender a su sostenimiento, al del sacristan, y el poco culto que habia, pues se hallaba reducido a la fiesta del fundador, con lo cual era imposible ver realizar las reparaciones que el tiempo hacía cada vez más necesarias.

Condolidos varios devotos del lamentable estado de una iglesia tan venerada, se reunieron a principios de septiembre de 1858 y acordaron formar una asociación con el título del Santisimo Cristo y San Alvaro, lo que no tardaron en realizar, elevando una exposición en 14 de dicho mes al Obispo D. Juan Alfonso de Alburquerque, quien le dió tan favorable acogida que al siguiente dia 15 la decretó concediendo el permiso demandado; en 23 de enero siguiente, o sea de 1859, se presentaron también a su aprobación las reglas por que habían de regirse los asociados, y el 26 fueron aprobadas, viéndose con gusto que devotos y prelado rivalizaban en celo sobre este asunto.

El pueblo cordobés comprendiólo así y no permaneció indiferente a la realización del pensamiento, siendo muchos los inscritos, hasta reunir un número considerable. Celebróse entonces una junta o cabildo para elegir hermano mayor, siéndolo D. Antonio María Toledano, dignisima persona que contribuyó con su influencia y caudal, auxiliado con otras limosnas, a que en los años de 1860 a 1861 se hicieran las reparaciones de la Iglesia y a que se levantase nueva fachada, poniendo entonces los lindos versos que vemos sobre la puerta principal, los que son debidos a nuestro malogrado amigo el poeta y arquitecto D. Pedro Nolasco Meléndez.

La fama de este santuario, realzada con las grandes mejoras realizadas constantemente por la nueva Asociación, atraía más cofrades y devotos, y hasta en una de las veces en que los duques de Montpensier fueron a éste sitio, 15 de marzo de 1861, inscribieron sus nombres como cofrades; súplica análoga hizo el señor Toledano al Infante D. Francisco de Paula Antonio, el que en 20 de julio del mismo año pasó una comunicación declarándose hermano protector, y el 4 de octubre de 1862 se dirigió otra exposición a la reina Dª. Isabel II, la que por Real Cédula de 3 de diciembre del mismo año accedió a que figurasen como tales cofrades ella, su esposo y sus hijos el Principe de Astúrias, hoy Alfonso XII, y la infanta Dª. Isabel: la Hermandad agradeció en estremo tan señalada honra, y queriendo demostrarlo así a las reales personas acordó en 6 de diciembre de expresado año regalar a Su Majestad un relicario de plata que guardase una de San Alvaro, ofreciéndose D. Antonio Toledano a entregarla en persona, oferta cumplida en 25 de abril de 1863, al mismo tiempo que participaba que en 23 de enero anterior habían elegido por su Hermano mayor al Principe de Astúrias, quedando el Sr. Toledano como su Teniente; éste nombramiento se ha corroborado en el año 1877, pués al visitar el rey esta capital admitió el acta y diploma que le fué entregado en la Iglesia de San Rafael, puesto que por el poco tiempo que estuvo entre los cordobeses no pudo tener lugar en el santuario de Scala Coeli.

Estas y otras muestras ha dado la Hermandad, del celo que le anima en pró de aquel precioso santuario, en el que constantemente está realizando grandes mejoras y aumentando el culto, por cierto muy lucido en la función anual que se le dedica en 19 de febrero, dia de San Alvaro, dando lugar a una muy numerosa romería; en el quinario que se consagra al Santisimo Cristo en los cinco primeros viernes de Cuaresma, además de ser adorado en la noche del Jueves al Viernes Santos, en el dia de la Candelaria y en el de la Cruz, celebrándose además todos los años unas solemnes honras por eterno descanso de los cofrades difuntos.

La memoria del primer Hermano mayor D. Antonio María Toledano, a quien tanto debe la Asociación, fué honrada dignamente, y se le dió sepultura debajo del altar del Santisimo Cristo, deseo manifestado por aquél irreemplazable devoto.

De las Ermitas que se edificaron en las inmediaciones de ésta iglesia se conservan tres, o sean las de San Alvaro, la Santa Cruz y Santa María Magdalena, de las que cuidan los devotos; asimismo se conserva el Calvario, o sea el número de cruces preciso para la Via sacra celebrada en los viernes de Cuaresma.

Nada más diremos del término de Córdoba, no por falta de datos sino porque sería interminable nuestro trabajo si fuésemos a referir y describir el cúmulo de consejas y tradiciones contadas de cada lugar que visitásemos; además, nuestros lectores deben estar cansados de éstas pesadas narraciones y desearán volverse a Córdoba, donde espero contarles cuanto he sabido del barrio de la Catedral, el más extenso y el último de mis paseos.

 

 

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